LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

 

 

Todos los años, el 1 de enero, al celebrar la octava de la Navidad, la Iglesia recuerda a María, la madre de Jesús, en el misterio de su divina maternidad. Como lo ha puntualizado muchas veces el señor Arzobispo de Guatemala, todos los privilegios marianos, especialmente su concepción inmaculada y su asunción al cielo, tienen su fundamento en el primero y principal de estos privilegios: el haber sido escogida para madre de Jesús. Por eso, celebrar la maternidad divina de María significa celebrar la grandeza de aquella que, sobre toda otra criatura en el cielo y en la tierra, fue exaltada para ser madre de su mismo Creador. El misterio de la maternidad divina supone descubrir en María la fe y la docilidad de espíritu que le permitió acoger el proyecto salvador de Dios, del cual ella fue protagonista de primera línea.

Las lecturas de la solemnidad recuerdan el misterioso plan de Dios que María acogió primero en su corazón por la fe. En la primera lectura, el libro de los Números (6,22-27) nos recuerda la bendición sacerdotal que los hijos de Aarón debían pronunciar sobre todos los israelitas: "El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz". La segunda lectura es el maravilloso texto de san Pablo a los gálatas, donde el apóstol recuerda que, al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su hijo "nacido de una mujer", para rescatar a los que vivían bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos y nos invita a acoger el Espíritu Santo para ser y vivir de verdad como hijos de Dios (Gal 4, 4-7). El Evangelio nos recuerda el momento en el que los pastores encontraron al niño recostado en el pesebre y nos hacen sentir los sentimientos íntimos del corazón de María, que al oir todo lo que se anunciaba del niño, "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón". El texto lucano termina recordándonos que, a los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús (Lc. 2,16-21).

El Evangelio del día: «Los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre»

Hoy, la Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!

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